Editoriales & Notas

Diciembre 10 - 2018

Crónica de una familia
con 60 años

 

 

Por: Christian David Méndez Narváez

Diciembre 10/2018

 

Acontecía el aniversario de ACIEM Capítulo Valle. Desde algunos meses atrás, su sede ubicada en la Avenida 3H # 38N-95, había empezado a engalanarse para la ocasión: expansión y remodelación de las instalaciones, nueva fachada y antejardín, y un perfume de magnanimidad en crescendo que no podía ser fácilmente ignorado por los asociados, las directivas, y en general, todos los que llegaban de visita.

 

Era mi sexto mes trabajando en la Asociación. A pesar que mis tareas se limitaban casi que específicamente al área de las comunicaciones, había aprendido un poco sobre el fascinante mundo de la ingeniería, sus preocupaciones y objetivos. Los últimos días habían sido un verdadero trajín. El aniversario de ACIEM era el eje central de todas las conversaciones. ¿Dónde será? ¿Cómo se celebrará? ¿Qué rol ocupará cada quién? Así que, en medio de tantos cuestionamientos, también empecé a preguntarme qué significado tenía toda esta celebración.

 

Había identificado durante mi estancia la visión de ACIEM, Capítulo Valle, “la entidad representativa de los ingenieros y profesionales afines del Valle del Cauca (…) una institución líder en generación de oportunidades para sus asociados y colaboradores y de respuesta a los permanentes cambios sociales”. De la misma forma, reconocía su propósito, “ACIEM existe para trabajar por el desarrollo integral del ingeniero y el avance tecnológico, mediante un ejercicio ético, idóneo y competente de todas las especialidades de la ingeniería”. Sabía además que un año después de la fundación de la Asociación Colombiana de Ingenieros, en Octubre de 1958, los mismos directivos se reunirían en Cali para apostarle a la constitución de un Capítulo pensado para laborar exclusivamente por el suroccidente colombiano, el cual, con un empeño loable y un sentido de pertenencia gigante, se embarcaría en un proceso de consolidación y proyección de la mano de 23 profesionales intachables que asumieron la presidencia secuencialmente en el transcurso de estos 60 años, y un gremio interesado en servir al crecimiento de la ingeniería y, sobretodo, del país. En definitiva, tal Información guarda una importancia evidente en términos del establecimiento de estatutos, reglamentos y de una historia. Pero, ¿qué representaba ACIEM para las personas?

 

Mientras saboreaba uno de los famosos tintos de Doña María, advertí la voz alegre y rimbombante del Ingeniero Gustavo Adolfo García, presidente del Capítulo en el periodo 2000-2004. Lo escuché hacer un cumplido al bello arreglo floral que habían enviado desde GERS felicitando a ACIEM. Y mientras se dirigía a la oficina de la directora ejecutiva, Claudia Bibiana, volví a mis cavilaciones sobre la celebración del aniversario. Se me ocurrió entonces que no había mejor manera de dilucidar ese sentido que a través de las palabras del ingeniero Gustavo. Lo abordé unos minutos después, cuando estuvo desocupado, mientras reposaba en la sala donde se encuentra la biblioteca. Como es habitual, su saludo y disposición ostentaban gran cordialidad. Sin mucho preámbulo le pedí que me contara, desde su experiencia, qué representaba ACIEM.

 

Aciem es más que todo una ilusión, un deseo de una generación que ya está en vías de extinción. Porque mi generación fue una generación gremial, gregaria; las nuevas generaciones no tienen esa característica. Son más dispersos, menos interesados en el contacto personal. Les interesa más los vínculos a través de las redes sociales. En cambio, a los de mi época nos gusta más, como dicen algunos, chatear en 3D. Tener ese contacto con la gente, verla… de pronto tocarla, darle un abrazo. Entonces digamos que es como recordar esa actividad. Esa sensación de ser gregarios.

 

Fue una respuesta inesperada. ¿Qué estaba esperando oír entonces? Mientras asimilaba lo dicho retumbaba en mi cabeza una frase: “ser gregarios”.  Antes de responder, el ingeniero Gustavo había acotado que relacionaba a ACIEM con su pasado mas no con su futuro.  Y luego, cuando se dispuso a contestar, reconocí en el semblante de su voz una suerte de añoranza. La nostalgia de quien ha visto crecer a un hijo, y sabe con una certeza indiscutible que en algún punto ese ser querido deberá seguir su propio camino. No obstante, supuse que, a pesar de ello, a un hijo no le faltarían los mejores deseos para su porvenir. De manera que pregunté, “¿Ingeniero, y qué le augura a ACIEM”?

 

Que se transforme. Porque es que uno no puede pensar que las cosas deben volver al pasado. Uno debe ajustarse a las nuevas realidades. Entonces, en vez de invocar ese pasado, lo que se debe buscar es cómo insertarse en nuevas realidades. Hay que buscar nuevos mecanismos, nuevas formas de vincular a esas personas nuevas con esas nuevas formas de relacionarse, y no pensar que deben interactuar de la misma manera como lo hacíamos nosotros. Entonces mis deseos son para que la Asociación se transforme; para que dejen de ser esa cueva de viejitos que quieren seguir haciendo las cosas de la misma manera antigua, pensando que todo el mundo se tiene que adaptar y mirar las cosas como ellos las miran  y no al contrario. Y que tenga la grandeza de darle paso a las nuevas generaciones. Que entienda que ya es hora que vayan dando un paso al costado, para que las nuevas personas empiecen a manejar esto como ellos creen que deben manejarlo, y como debería manejarse en estas épocas.

 

Ahora sus palabras salían con vigor y convicción. “Cuánta sensatez, cuánta lucidez”, pensé. El ingeniero Gustavo había dado un último abrazo a los recuerdos de esos años triunfales, de esas vicisitudes furtivas al servicio del desfallecimiento y la resurrección que se convierten en hitos históricos, para pasarle la batuta cargada de esperanza a una nueva generación a la que concedía méritos y capacidades para tomar las riendas de ACIEM. “¿Qué decirle a las nuevas generaciones? ¿Por qué vincularse a ACIEM?”, apunté.

 

Porque si no se trabaja en grupo las posibilidades de sobrevivir son cada vez menores. Hay que entender que uno no puede batallar contra el mundo solo. Que uno tiene que aliarse. Que tiene que buscar amigos, colegas; que tiene que buscar sinergias para que las cosas funcionen. Que desde la soledad sólo se puede construir tristeza. Y esa no es la perspectiva que tiene que estar en la mente de los jóvenes.

 

Y mientras la conversación se apagaba, lo comprendí. Qué fácil resulta pasar por alto ciertas obviedades. Somos una Asociación. Un grupo de individuos que han decidido unir sus esfuerzos durante 60 años para la realización de la ingeniería a nivel nacional, ergo, el desarrollo de los ingenieros en cada una de sus áreas específicas. Más que ello, y seguramente en eso pensaba el Ingeniero Gustavo, somos una familia. Unas veces más gregaria, otras más dispersa, con grandes valores y unas sólidas bases de cooperación, fraternidad y calor humano, pero con un fuerte deseo de transformación y de asumir el reto de enfrentarse a nuevas realidades, trascendiendo la cárcel del pasado sin olvidar su sabiduría, al tiempo que anhelamos un mejor futuro para nuestros miembros, nuestra comunidad, y país, siempre pensando positivamente, siempre juntos.

 

Cuán precisas resultaban ahora las palabras de parte de GERS que acompañaban el arreglo floral:

 

“Felicitaciones a ACIEM Valle en su sexagésimo aniversario. Nos sentimos orgullosos de ser parte de ella”

 

Claro que sí nos sentimos orgullosos.